Un buen baño de virutas

Me gusta bañarme en virutas

Una de las maravillas de trabajar en el torno es bañarme en las virutas de la madera que estoy trabajando. Sentir cómo van cayendo, percibir su olor, sus texturas. Estar ahí, inmerso en el trabajo con todos los sentidos.

La pieza gira y voy avanzando poco a poco. Cada pasada de la herramienta cambia algo: una curva, el grosor de una pared, una forma que empieza a aparecer. Voy mirando, tocando y decidiendo cuánto más retirar y dónde detenerme.

Mientras tanto, las virutas se acumulan. Son la evidencia de ese avance, de lo que ha ido sucediendo en el torno. Puedo mirar la pieza y ver lo que va tomando forma; puedo mirar alrededor y ver también el camino que llevo hecho.

Por eso, lo que se retira también es parte de la obra. Antes era madera de esa misma pieza. Ahora queda en rizos, tiras y pequeños fragmentos, cada uno con su textura.

Ese baño de virutas es una de las cosas que más disfruto del taller. La pieza todavía está en proceso y yo estoy metido de lleno en ella.

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